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Búsqueda por zonas - 01

30 abr. 2015

MICRORRELATOS - Autor: Don Queso


Me habían hablado muy bien de ti, demasiado bien. Yo intenté creerles con todas mis fuerzas aún sabiendo que soy un tipo desconfiado. Pero sin quererlo ésta se había convertido en mi última oportunidad, así que dejé mis principios en casa y decidí subir a ese barco para reconocerte.

Mi infancia aún permanece clavada en mi nuca, me da golpes secos y me ha provocado una migraña que está durando años. Verte puede que sea el fármaco para mi dolor, aunque un mar de dudas nos separe. Un mar tan abisal y lejano como el recuerdo que me queda de ti.


En la invitación que me llegó aquella tarde a casa se leía tu nombre entre preciosas imágenes de atardeceres y ocasos del mar Mediterráneo bajo un rótulo que rezaba: "Iberocruceros: experiencias únicas para gente única". De entrada todo me pareció algo frívolo, pero ellos me recordaron que siempre has amado el mar y que tu deseo era encontrarnos allí, rodeado de los tuyos.

Ahora me encuentro en este crucero con gente que te quiere y que te aprecia. Pese a que aún no hemos coincidido, las anécdotas en torno a ti no paran de llegar a mis oídos y es como si te empezase a comprender. Yo únicamente puedo asentir con la cabeza y mirar hacia el océano esperando el inminente momento.

En la cubierta del buque se respira un ambiente festivo pese al acontecimiento que nos une. Mesas con manteles de un blanco impoluto presagian un largo banquete. Las horas transcurren y de pronto me encuentro en lo alto de la proa con tu urna entre mis manos. Medio temblando, la abro con cuidado y la levantó como si de un trofeo huérfano de campeón se tratase. La nostalgia se presenta, y entre lloros y medias sonrisas de los asistentes yo me siento frío. Mi rencor, dilatado en años de vacío y orgullo, desaparece al ritmo que tus cenizas salpican el mar. Ahora todo ha terminado y me siento por fin más cerca de ti, madre naturaleza.




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